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EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN PDF Imprimir E-Mail
Escrito por P. FLAVIANO AMATULLI   
jueves, 03 de julio de 2008
Reflexiones para una puesta al día
Mientras por un lado aumentan los confesores laicos (sicólogos y comunicadores sociales), dispuestos a escuchar y ayudar a la gente necesitada de alguna orientación, un aliento o una verdadera terapia, los confesores oficiales tienen poco trabajo. ¿Por qué? Porque el Sacramento de la Reconciliación, en la manera de celebrarse y en los frutos que produce, aún no satisface ni al penitente ni al confesor. ¿A qué se debe? Es lo que queremos profundizar.

1.- El apoyo de la sicología

            Para que funcione mejor el Sacramento de la Reconciliación, más que a un juez, el confesor tiene que parecerse a un amigo, un guía espiritual, un sicólogo y un médico, en la línea del gurú, el chamán y el brujo. Uno que esté de tu parte para ayudarte a resolver tus problemas, contando con una preparación, una experiencia, una autoridad y un poder especial, que tiene que ver con la ciencia y con Dios. Lo máximo que se pueda esperar en este mundo.

            ¿Cómo estamos en este aspecto? ¿Se están preparando a los confesores en esta línea? ¿Qué saben de terapia individual y grupal? Un vacío que hay que llenar.

 

2.- Visión global del hombre

            Como el pecado afecta a todo el ser humano en su relación con Dios, el prójimo, la propia persona y la naturaleza, lo mismo tiene que pasar con el Sacramento de la Reconciliación, que tiene que ver con la restauración total del hombre a todos los niveles. No basta que se ponga en paz con Dios y el prójimo. Tiene que ponerse en paz también consigo mismo y el entorno en que vive, tratando de sanar desde adentro hasta lograr una nueva manera de situarse frente a toda la realidad que lo rodea y pervade.

 

3.- Intervención de la comunidad

            Pues bien, para lograr esto, no basta la participación del ministro de la Iglesia. También la comunidad tiene que intervenir, por lo menos mediante algunos de sus miembros. En el fondo, no hay que olvidar que el hombre es un ser social y por lo tanto necesita del apoyo de otros para poder madurar y crecer.

 

- El ejemplo de Jesús.

            La misma Biblia va en este sentido: Jesús cura a gente que escoge libremente (Mc 3, 1-6) o se le presenta espontáneamente (Mc 1, 40-45) y a gente que es llevada a Él o por la cual intercede alguien. Recordemos a la cananea que intercede por su hija (Mc 7, 24-30), al centurión romano que intercede por su criado (Mt 8, 5-13), al jefe de la sinagoga que intercede por su hija (Mc 5, 22-24.35-42), a los amigos que llevan al paralítico y éste recibe la sanación física y el perdón de los pecados (Mc 2,3-11), a Marta y María que interceden por el hermano Lázaro (Jn 11, 1-44), etc.

            Todo esto nos habla en favor del papel de la comunidad en orden a la salvación física y espiritual del individuo. Pues bien, ¿por qué aplicar esto solamente al bautismo de los niños (Hech 16,15.31: toda la familia) y no extenderlo también al perdón de los pecados cometidos después del bautismo? ¿Acaso por el simple hecho de tener el uso de la razón uno ya tiene que arreglárselas a solas, sin el apoyo de la comunidad?

 

-          La praxis de los primeros cristianos.

El apóstol Santiago invita a "confesar mutuamente los propios pecados y orar los unos por los otros para quedar sanados" (Stgo 5,16). Al mismo tiempo habla de la intervención de los presbíteros de la Iglesia (Stgo 5,14). Presbíteros y comunidad. Oración de todos los miembros de la comunidad, que culmina con el ejercicio del poder de parte de los presbíteros y la sanación física y espiritual.

            En la praxis posterior, en el ejercicio de este ministerio, encontramos la intervención de la comunidad, que intercedía a favor del pecador en orden a reducir las penas o readmitirlo a la comunión.

           

4.- Sentido del secreto

            Si en el Sacramento de la Reconciliación se exige el secreto de parte del confesor, es para proteger al penitente, no para reducir a dos el número de los que intervienen en la celebración de este sacramento: el penitente y el confesor. Así que, si intervienen otras personas, no hay problema. Lo importante es que se salvaguarde la libertad y el buen nombre del penitente. Por lo tanto, si éste prefiere, para su bien, la intervención de otras personas, no hay motivo para negársela.

 

5.- La esencia del sacramento

            Arrepentimiento y manifestación de las propias faltas de parte del penitente y absolución de parte del confesor. Una vez salvado esto, hay que ver cómo hacer más aceptable este sacramento, más práctico y con más posibilidad de alcanzar su objetivo fundamental, que consiste en tratar de restaurar la integridad del creyente, perdonando, sanando, dando paz y alentando en orden a una vida más conforme al Evangelio.

            Pues bien, en este aspecto ¿basta con lo que se ha hecho? ¿Basta con proporcionar confesionarios más cómodos, con la posibilidad de establecer una relación más directa entre el penitente y el confesor, aparte de la modalidad tradicional con rejas y tela para garantizar el anonimato? Según mi opinión, no basta. Ni es suficiente la celebración comunitaria del sacramento con acusa de los pecados y absolución individual o sin acusa y con la absolución general, quedando siempre la obligación de acusar los pecados en un segundo momento. Algo es algo. Urge avanzar más. ¿Cómo?

 

4.- Inculturación

            Hasta la fecha el Sacramento de la Reconciliación se ha inculturado en el mundo romano, en la línea del poder ejercido por un juez. ¿Por qué no se podría inculturar en el mundo indígena y mestizo, en la línea de la sanación integral realizada por el chamán, el brujo y el curandero, manejando de una manera especial los conceptos de espanto y limpia? Según mi opinión, estos dos conceptos, con los cuales el mundo indígena y mestizo están perfectamente familiarizados, ofrecen a la Iglesia una herramienta de primer orden para dar a entender y practicar el Sacramento de la Reconciliación.

 

-          Espanto.

"Entre los aztecas, tres días después del nacimiento, se realizaba un rito especial, durante el cual se ponían en las manos del niño el arco, la flecha y el escudo, símbolos de su destino. Recibía entonces el nombre ritual, tomado del tonalámatl, Libro del Sol o del Destino, y quedaba íntimamente ligado a la divinidad".

Observación: no es difícil notar el parecido con el bautismo. ¿No se podría ahondar más en esta línea, haciendo del bautismo algo realmente sentido por el pueblo? La costumbre de poner el nombre al niño, tomándolo del calendario, ¿no puede tener este origen?

     "En los días sucesivos se imponía el nombre real por el sacerdote tonalpouhqui (el que cuenta la fortuna, hado o ventura) y entraba a formar parte de su personalidad. Era su tonalli, es decir, su fortuna, hado o ventura, que fundamentalmente consistía en transformarse en tonatiuhixco, pequeño sol, que se alcanzaba mediante una muerte digna como guerrero en el campo de batalla o como víctima sobre los altares del dios."

Observación: En todo esto, no es difícil descubrir el parecido con el ideal cristiano de la santidad, haciendo del ser humano un hijo de Dios.

"Causando el enojo del dios, se perdía el tonalli. Y precisamente en esto consistía lo que ahora se llama espanto. Entonces un médico especializado, el tetonalmacani, lo curaba, propiciando así al dios ofendido." (Amatulli Valente, Flaviano, Los Chinantecos: cultura y evangelización, p. 148, México 1979).

En el fondo, el espanto corresponde a lo que nosotros llamamos pecado, una desviación, una pérdida de rumbo, que se corrige mediante ciertos ritos, cargados de sentido y poder. En realidad, para lograr esto, primero hay que buscar la causa del trastorno o desequilibrio mediante una serie de preguntas y, una vez averiguado esto, se procede a pedir perdón y restablecer el rumbo correcto.

Como es fácil notar, existe una íntima relación entre el destino fundamental del hombre, marcado desde un principio, y su recuperación en caso de pérdida, lo que para nosotros cristianos corresponde al bautismo y la reconciliación. Además, todo esto tiene como meta y culmina en otra vida, en el más allá. ¿Qué tal si ahondamos en todo esto y hacemos de la vida cristiana algo más comprensible para las masas latinoamericanas, cuyo substrato cultural es esencialmente indígena?

Evidentemente, ahora el pueblo no tiene una idea clara acerca del origen de tantas prácticas que tiene. De todos modos, estas ofrecen al evangelizador una buena herramienta para hacer más accesibles los conceptos y los ritos cristianos.

 

-          Limpia.

Para curar del espanto, entre otras cosas, hay que hacer una limpia. Solamente después será posible recoger el espíritu, que se había caído. La limpia consiste en rozar el cuerpo del enfermo con ramas, huevos o gallinas negras. Haciendo esto, las enfermedades se materializan en los objetos que se utilizan, saliendo fuera del cuerpo del paciente.

 

5.- Variedad de opciones

Con eso no queremos borrar la praxis actual, sino avanzar en la línea de la libertad y la inculturación, incursionando en la idiosincrasia del pueblo indígena y mestizo, manejando distintas modalidades y salvando lo esencial. ¿Cuál es el problema? El rito se adecua a los tiempos y a las culturas. Ni es la primera ni será la última vez que sucede esto. La Iglesia está acostumbrada a estos cambios.

            En concreto, ¿cómo podría celebrarse este sacramento?

 

Acusa de los pecados y comunidad.

+ Acusa verbal de los pecados hecha directamente al confesor. Lo que corresponde a la praxis actual.

+ Acusa de los pecados hecha por escrito y entregada directamente al confesor.

            En los dos casos puede haber apoyo de parte de algunas personas de confianza:

 - explicando la situación al confesor e intercediendo por el penitente, en un clima de oración. Esto se podría hacer de una manera especial cuando se trata de enfermos, moribundos o gente que por alguna razón siente difícil la celebración de este sacramento (gente recién convertida, alejada o con problemas de orden sicológico).

 - o completando la lista de los pecados con la participación de familiares, amigos o personas de confianza, especialmente en el caso de la primera confesión, algún retiro o misión popular. Evidentemente queda siempre para el penitente la libertad de completar a solas la acusa de los pecados.

Lenguaje

Tiene que ser adecuado al tipo de penitente. Si se trata de gente transculturada, no hay problema. Que se siga con la praxis actual. Cuando, al contrario, se trata de ambientes indígenas o populares, el lenguaje tiene que reflejar la mentalidad de los indígenas y los mestizos, que representa el substrato cultural en muchos ambientes de Latinoamérica, en la línea del espanto y la limpia.

 Hay que hablar de espíritu caído que hay que levantar, buscando la causa mediante un examen de conciencia exhaustivo, pidiendo perdón por el descuido que se ha tenido en la propia manera de obrar y reconciliándose con Dios, la gente que se ha ofendido y los elementos de la naturaleza que se han perjudicado. Solamente así se podrán recobrar la paz y las ganas de vivir.

 

Signos

            Para los que tengan una mentalidad occidental, la imposición de manos y la señal de la cruz que acompañan la absolución, son suficientes. Para los que tengan una mentalidad indígena, que es propia de las masas populares en América Latina, unas ramas pueden ayudar para expresar el alejamiento o eliminación de la maldad presente en el penitente y un abrazo de parte del confesor y los presentes puede expresar la sanación recobrada y la plena aceptación en la comunidad. Un breve testimonio y unas palabras de agradecimiento de parte del penitente podrían concluir todo, teniendo en cuenta las circunstancias concretas.

 

Tiempo

            Naturalmente, todo esto a veces podrá llevar tiempo, haciéndose por etapas (Mt 5, 23-24: reconciliarse con el hermano para poder llevar la ofrenda al altar; Mc 8, 22-26: curación del ciego de nacimiento).

 

Conclusión

            Nos encontramos ante una tarea de nunca acabar, siempre que nos decidamos a dejar a un lado la pereza y la inercia y a empezar a pensar y actuar como verdaderos pastores de almas, realmente preocupados por el bien de los feligreses, que están puestos bajo nuestro cuidado. Hay que empezar a ver las cosas desde una óptica diferente, dejando a un lado los principios de que "siempre se hizo así" y de que "todo cambio debe venir desde arriba".

            Solamente poniéndose en esta actitud de búsqueda, se podrá dejar el quinto piso y bajar a la calle, resolviendo los problemas concretos que afectan al hombre concreto, empezando por el Sacramento de la Reconciliación y pasando a toda la vida de la Iglesia. Un enorme reto para la imaginación creativa de los teólogos, los pastoralistas y tanta gente más.

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