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IMAGENES DEL EVANGELIZADOR PDF Imprimir E-Mail
Escrito por P. FLAVIANO AMATULLI   
jueves, 13 de diciembre de 2007
Para que te sientas empujado a trabajar siempre más y mejor en la Viña del Señor como buen agente de pastoral, te presento algunas figuras que te servirán como inspiración para realizar plenamente tu misión. Como siempre, se trata de algo que ahonda sus raíces en la misma Palabra de Dios. No se trata de algo inventado por una mente calenturienta, destinado a fomentar el fanatismo.

IMAGENES DEL EVANGELIZADOR

Para que te sientas empujado a trabajar siempre más y mejor en la Viña del Señor como buen agente de pastoral, te presento algunas figuras que te servirán como inspiración para realizar plenamente tu misión.

Como siempre, se trata de algo que ahonda sus raíces en la misma Palabra de Dios. No se trata de algo inventado por una mente calenturienta, destinado a fomentar el fanatismo.

Los mismos comentarios vienen de auténticos discípulos de Cristo, que dieron un alto testimonio de fidelidad al Pastor Supremo (Jn 10,11) y de entrega a su rebaño.

 

 

Capítulo 1

 

PASTOR

Como catequistas, responsables de las comunidades, dirigentes de los movimientos apostólicos o consejeros espirituales, somos colaboradores de los pastores de la Iglesia, que son los obispos y los presbíteros.

Para cumplir de la mejor manera posible con nuestro papel, no tenemos que perder de vista la figura de Cristo, el supremo pastor del rebaño.

 

 

Cristo, el único pastor

Cada uno de nosotros tiene que sentirse una sola cosa con Cristo, el único y verdadero pastor de las ovejas.

"Cristo, pues, te apacienta con justicia, distinguiendo entre quienes son ovejas suyas y quienes no lo son. Mis ovejas- dice - me siguen, porque conocen mi voz. Aquí, en estas palabras, me parece descubrir que todos los buenos pastores son como los miembros del único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores habría división, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrará a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitarlos y consagrarlos.

Ciertamente que si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del único pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: "Yo mismo apaciento", porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Ésta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera fueron dos en una sola carne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa. Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: "Pedro, ¿me amas?" El respondió: "Te amo." Y le dice por segunda vez: "¿Me amas?" Y respondió: "Te amo." Y le pregunta aún por tercera vez: "¿Me amas?" Y respondió: "Te amo." Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo el que es único apacienta a través de muchos, y los que son muchos apacientan formando parte del que es único. Por tanto, en realidad, puede decirse que al mismo tiempo se habla de muchos pastores y se afirma que hay un solo pastor. Que se gloríen, pues, los pastores de ser pastores, pero el que se gloría, que se gloríe en el Señor. Apacentar a Cristo, apacentar para Cristo, apacentar en Cristo significa, pues, no querer apacentarse a sí mismo, sino a Cristo solamente. No fue por falta de pastores -como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia- que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: "No tengo a quien encomendarlas." Porque, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que era el único pastor, en el que todos los otros pastores eran uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

Que todos los pastores, pues, formen parte del único pastor y que a través de todos ellos resuene solamente la voz del único pastor; al oír esta voz las ovejas seguirán no a éste o aquél, sino a su único pastor. Que todos los pastores hagan, pues, resonar en él una única voz, que no dejen oír voces diversas. Os exhorto, hermanos, a que tengáis todos unión y concordia; no haya disenciones entre vosotros. Que las ovejas oigan siempre esta voz, limpia de toda disensión, purificada de toda herejía, y puedan, así, seguir a su propio pastor que les dice: Mis ovejas me siguen, porque conocen mi voz." (San Agustín, obispo, Sobre los Pastores, Sermón 46, 29-30).

 

 

Buenos pastores

Hay buenos y malos pastores. ¿Qué hacen los buenos pastores?

 

- Dan la vida por las ovejas.

"El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da su vida por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.

A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da su vida -la vida del cuerpo- por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería suficiente. De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos." (Sto. Tomás de Aquino, presbítero, Sobre el Evangelio de Juan, cap. 10, lec.3)

 

 

- Buscan a la oveja perdida.

"Las ovejas son rebeldes; si, cuando se descarrían, vamos tras ellas, ellas, para engaño y perdición suya, huyen de nosotros, diciendo: "¿Qué queréis de nosotras? ¿Por qué nos buscáis?" Como si no fuera un mismo y único motivo el que nos hace desear tenerlas cercanas y el que nos obliga a buscarlas cuando las vemos lejos; las deseamos, en efecto, cerca, porque cuando se alejan se descarrían y se pierden. "Si vivo en el error -dicen-, si camino hacia la perdición, ¿por qué me buscas?, ¿por qué me deseas?" Precisamente porque vives en el error quiero llevarte de nuevo al buen camino; porque te estás perdiendo deseo encontrarte de nuevo.

"Pero yo -dice la oveja- deseo vivir en el error, quiero perecer."Así pues, ¿quieres vivir en el error y caminar a la perdición? Pues si tú deseas esto, yo, con mayor ahinco, deseo lo contrario. Y además no dejaré de írtelo repitiendo, aunque con ello llegue a importunarte, pues escucho al Apóstol que me dice: Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella. ¿A quiénes se anuncia la buena nueva con oportunidad? ¿A quiénes se les anuncia sin ella? Con oportunidad se anuncia a quienes desean escucharla, sin oportunidad a quienes no lo desean. Por tanto, aunque sea importuno, me atreveré a decirte: "Tú deseas andar por el camino del error, tú deseas perecer, pero yo deseo todo lo contrario." Aquel que puede hacerme temer en el último día no me permite abandonarte; si te abandonara en tu error, él me increparía, diciéndome: No recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas. ¿Acaso piensas que te temeré más a ti que a él? Pues, todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.

Iré, por tanto, tras la descarriada, buscaré a la perdida. Lo haré tanto si lo deseas como si no lo deseas. Y aunque, mientras voy tras ella, las zarzas de las selvas desgarraren mi carne, estoy dispuesto a pasar por los más difíciles y estrechos caminos y a penetrar en todos los cercados. Mientras el Señor, el único a quien temo, me dé fuerzas haré cuanto esté en mi mano. Forzaré a la descarriada al retorno, buscaré a la perdida. Si quieres que no sufra, no te descarríes, no te apartes del buen camino. Y aún es poco el dolor que siento al ver que vas descarriada y en camino de perdición; temo, además, que si a ti te abandonara daría incluso muerte a las ovejas sanas. Mira, si no, lo que se dice en el texto a continuación: Maltratáis brutalmente a las fuertes. Si descuido, pues, a la que se descarría y se pierde, la que está fuerte deseará también andar por los caminos del error y de la perdición." (San Agustín, obispo, Sobre los pastores, Sermón 46,14-15).

¡Qué programa tan estupendo para un auténtico pastor! ¡Qué diferencia entre esta actitud y la de tantos otros pastores que por flojera o cobardía abandonan a las ovejas en las garras de los lobos rapaces, con el pretexto de que "todos hablan del mismo Dios"!

"Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por los montes y collados; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué significa: Se dispersaron por toda la tierra? Quiere decir que, buscando los bienes del mundo, apetecen la gloria terrena; esto es lo que aman, esto lo que desean. No quieren morir para que su vida quede oculta en Cristo. Se dispersaron por toda la tierra, a causa del amor de los bienes del mundo y porque son, en verdad, ovejas desperdigadas y sin rumbo por toda la tierra. Viven en diversos lugares; una única madre, la soberbia, las engendró a todas al igual que una sola madre, nuestra Iglesia católica, ha dado también a luz a todos los fieles cristianos esparcidos por todo el orbe. Nada tiene de extraño que la soberbia engendre divisiones y el amor unidad. Nuestra madre, la Iglesia católica, y el pastor que en ella mora van buscando por todas partes a las ovejas descarriadas y perdidas, fortalecen a las débiles, curan a las enfermas, vendan a las heridas por medio de diversos pastores, los cuales, aunque se desconozcan mutuamente, son de la Iglesia, pues ella con todos está identificada.

De esta forma la Iglesia crece como una vid y se extiende por toda la tierra; los malos pastores, en cambio, son como sarmientos inútiles que, a causa de su esterilidad, han sido cortados por la podadera del agricultor, no para destruir la vid, sino para que ésta continúe existiendo. Aquellos sarmientos, pues, han quedado en el mismo lugar donde cayeron al ser cortados; la vid, en cambio, extendiéndose entre todos los pueblos, reconoce como propios los sarmientos que en ella permanecieron, y considera como cercanos a sí aquellos otros que le fueron cortados.

La razón por la cual se preocupa de los sarmientos cortados, como si se tratara de algo que le debe pertenecer de nuevo, es aquello que afirma el Apóstol: Poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Llámense, pues, ovejas descarriadas del rebaño, llámense sarmientos cortados de la vid, Dios, el pastor supremo y verdadero agricultor, es poderoso tanto para hacer volver a la oveja al buen camino, como para injertar el sarmiento desgajado. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las cuidase y saliese en su busca; ninguno, en efecto, de entre aquellos malos pastores fue tras ellas; ningún hombre salió en su busca.

Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-. Fíjate cómo empieza. Es como si se tratara de un juramento que hace el mismo Dios, poniendo a su propia vida como testigo: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-. ¿Y quiénes son los pastores que han muerto? Aquellos que buscaban sus intereses personales, no los de Cristo Jesús. ¿Se encontrarán otros pastores que, sin buscar sus intereses personales, busquen los de Cristo Jesús? Los hay, sin duda, y los encontraremos, porque no faltan ahora ni faltarán nunca." (San Agustín, obispo sobre los pastores, Sermón 46,18-19).

¡Animo! Siempre habrá buenos pastores. De parte nuestra luchemos para que eso sea una realidad.

 

 

Los malos pastores

¿Cómo se portan los malos pastores?

 

 

- Buscan sus propios intereses.

"Quien ofrece leche ofrece alimento, quien ofrece lana ofrece honores. Y son precisamente estas dos cosas las que desean del pueblo aquellos que se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. Buscan el dinero con qué remediar sus necesidades y la aureola del honor con qué cubrirse de alabanzas" (San Agustín, sobre los Pastores, Sermón 46,6).

 

 

-Dan malos ejemplos.

"Al referirse el Señor a lo que buscan los malos pastores ya alude también a los que descuidan; con ello quedan evidenciados los males que sufren las ovejas. Son muy pocas las ovejas bien alimentadas y sanas, es decir, aquellas a quienes no falta el sólido manjar de la verdad y se apacientan abundantemente con los dones de Dios. Pero los malos pastores ni a éstas perdonan; les parece poco descuidar a las enfermas y errantes, a las débiles y descarriadas, y llegan incluso a dar muerte a las que están fuertes y sanas. Y si estas últimas conservan la vida, viven, en todo caso, únicamente porque Dios cuida de ellas, pero por lo que se refiere a los pastores, éstos hacen lo posible por matarlas. Quizá preguntes: "¿Cómo las matan?" Pues las matan con su mala vida y con sus malos ejemplos. ¿Acaso piensas que se dijo en vano a aquel gran siervo de Dios, uno de los miembros más destacados del sumo pastor: Sé para todos modelo por tus buenas obras: y también: Sé un ejemplo para los fieles? En efecto, con frecuencia, incluso las buenas ovejas, al ver la mala vida de los pastores, apartan sus ojos de los preceptos del Señor y se fijan más bien en la conducta del hombre, diciendo en su interior: "Si mi prelado vive de tal manera, yo, que soy simple oveja, ¿no podré hacer lo que hace él?" De esta manera el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes. Y, ¿qué piensas que hará con las demás el que, en lugar de fortalecer a las débiles, dio muerte, con su mal ejemplo, incluso a las que había encontrado robustas y sanas? Os digo, pues, y os repito que si las ovejas viven y mantienen todavía la salud por la fuerza del Señor, recordando aquellas palabras que oyeron de su mismo Señor: Cumplid y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en sus obras, sin embargo, el que vive mal en presencia del pueblo, en cuanto de él depende, mata a aquel que contempla el mal ejemplo de su vida. Que este tal pastor no se consuele, pues, pensando que la oveja no ha muerto; vive, sin duda, pero él es un homicida. Es igual que cuando un hombre impuro mira a una mujer para desearla: aunque ella persevere casta, él ha pecado, como lo dice claramente el Señor: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. No penetró ciertamente en su habitación para pecar con ella, pero pecó en el interior de su corazón.

Así también, todo el que vive indignamente ante aquellos que están bajo su cuidado, en cuanto de él depende, da muerte incluso a las ovejas sanas; pues el que lo imita muere, y el que no lo imita vive. Sin embargo, en cuanto de él depende, lleva a ambos a la muerte; por ello dice: Matáis a las mejor alimentadas, pero no apacentáis las ovejas. (San Agustín, obispo, Sobre los Pastores, Sermón 46,9).

Aquí está una de las causas más importante del éxodo de tantos católicos hacia las sectas. ¿Amamos de veras a Cristo y a su Iglesia? Meditemos atentamente Ez 34 y Jn 10, y luchemos por dar buen ejemplo, siendo imitadores de Cristo, el Buen Pastor.

 

 

Capítulo 2

 

CENTINELA

El agente de pastoral es como un centinela, que con su testimonio de vida y su palabra señala el camino a seguir para que nadie se pierda.

 

 

Testimonio de vida

"Hijo de hombre, te he puesto como centinela en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un centinela. El centinela está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como centinela del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayuda así a los que tiene bajo su custodia.

Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. (San Gregorio Magno, papa, Homilía sobre el profeta Ezequiel, Libro 1,11,4-6).

 

 

Palabra

"Dice, en efecto, en otro lugar, por medio del mismo profeta:  Hijo de hombre, te he puesto como centinela en la casa de Israel: Cuando escuches una palabra de mi boca les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado que es reo de muerte, y tú no le das la alarma -es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado, para que cambie su mala conducta, y conserve la vida-, entonces el malvado morirá por su culpa, y a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida. ¿Qué significa esto, hermanos? ¿Habéis visto cuán peligroso sea callar? El malvado muere, y muere justamente; muere por su culpa y por su mala conducta; pero la negligencia del mal pastor lo llevó a la muerte. El malvado hubiera podido encontrar en su pastor al pastor de vida que dice: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-; pero, como su pastor era negligente, el malvado no pudo oír la voz de aquel que precisamente fue constituido prelado y vigilante para amonestar al pueblo; así el malvado murió con toda justicia, pero el prelado también recibirá el castigo merecido. En cambio, si éste hubiera dicho al malvado: "Eres reo de muerte, pues te amenaza la espada del Señor", y él hubiera hecho caso omiso de esta espada inminente, y la espada hubiera caído sobre él, el malvado habría muerto ciertamente por su culpa, pero el prelado habría salvado su vida. Por eso es obligación nuestra amonestar." (San Agustín, obispo, Sobre los pastores, Sermón 46,20-21).

Cómo agente de pastoral, ¿qué te parece todo esto? ¿Un sueño? Sí, un sueño que tiene que volverse realidad. Y para que esto sea posible, tú mismo tienes que colaborar con tu granito de arena. Aquí no se valen ni las quejas ni las lágrimas. Vale más un hecho que mil palabras.

 

 

Capítulo 3

 

ADMINISTRADOR

Como agentes de pastoral (presbíteros, religiosos o laicos comprometidos), tenemos una grande misión: anunciar el Evangelio con todos los medios posibles. Tenemos que cumplir. Aquí está nuestra manera propia de santificarnos, luchando por ser buenos administradores de los dones que Dios nos ha concedido.

 

 

Anunciar el Evangelio

"Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es mucha, pero los operarios son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Por tanto para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibiendo el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio. Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio. Porque unas veces los predicadores no dejan oír su voz a causa de su propia maldad, otras, en cambio, son los súbditos quienen impiden que la palabra de los que presiden nuestras asambleas llegue al pueblo. Efectivamente, muchas veces es la propia maldad la que impide a los predicadores levantar su voz, como lo afirma el salmista: Dios dice al pecador: "¿Por qué recitas mis preceptos?" Otras veces, en cambio, son los súbditos quienes impiden que se oiga la voz de los predicadores, como dice el Señor a Ezequiel: Te pegaré la lengua al paladar, te quedarás mudo y no podrás ser su acusador; pues son Casa Rebelde. Como si claramente dijera: "No quiero que prediques, porque este pueblo con sus obras, me irrita hasta el punto que se ha hecho indigno de oír de exhortación para convertirse a la verdad." Es difícil averiguar por culpa de quién deja de llegar al pueblo la palabra del predicador, pero en cambio, fácilmente se ve cómo el silencio del predicador perjudica siempre al pueblo y, algunas veces, incluso al mismo predicador.

Y hay aún, amados hermanos, otra cosa, en la vida de los pastores, que me aflije sobremanera; pero, a fin de que lo que voy a decir no parezca injurioso para algunos, empiezo por acusarme yo mismo de que, aun sin desearlo, he caído en este defecto, arrastrado sin duda por el ambiente de este calamitoso tiempo en que vivimos.

Me refiero a que nos vemos como arrastrados a vivir de una manera mundana, buscando el honor del ministerio episcopal y abandonando, en cambio, las obligaciones de este ministerio. Descuidamos, en efecto, fácilmente el ministerio de la predicación y, para vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que da este nombre, pero, en cambio, no poseemos la virtud que este nombre exige. Así, contemplamos plácidamente cómo los que están bajo nuestro cuidado abandonan a Dios, y nosotros no decimos nada; se hunden en el pecado, y nosotros nada hacemos para darles la mano y sacarlos del abismo.

Pero, ¿cómo podríamos corregir a nuestro hermanos, nosotros, que descuidamos incluso nuestra propia vida? Entregándonos a las cosas de este mundo, nos vamos volviendo tanto más insensible a las realidades del espíritu, cuanto mayor empeño ponemos en interesarnos por las cosas visibles. Por eso dice muy bien la Iglesia, refiriéndose a sus miembros enfermos: Me pusieron a guardar sus viñas; y mi viña, la mía, no la supe guardar. Elegidos como guardas de las viñas, no custodiamos ni tan sólo nuestra propia viña, sino que, entregándonos a cosas ajenas a nuestro oficio, descuidamos los deberes de nuestro ministerio." (San Gregorio Magno, papa, Sobre los Evangelios, Homilía 17,3-149).

 

 

Responsabilidad de todos

Mientras los hijos de las tinieblas no descansan para difundir sus errores y enredar a la gente de buena fe, los hijos de la luz dormimos tranquilamente, satisfechos con nuestro grupito de fieles y superfieles: miembros de tal o cual asociación piadosa, coro, grupo juvenil, etc.

¿Y los alejados? ¿Y los católicos de tamal, que solamente se acuerdan de Dios cuando hay una boda, un bautismo o un velorio, es decir, cuando se reparten tamales?

Cuidado. En la medida en que los laicos son llamados a participar activamente en la evangelización, en la misma medida se les pedirá cuenta acerca de su actuación. Que no vayan a tomar el ministerio como fuente de prestigio y nada más. No vayan a caer en los mismos defectos en que cayeron muchos miembros del clero.

"Mi pueblo perece por falta de conocimiento", dice Dios mediante el profeta Oseas" (Os 4,6). Hoy en día, todos tenemos que sentirnos responsables frente a la triste situación de una enorme cantidad de católicos que viven como si Dios no existiera. La evangelización es tarea de todos, no solamente de los miembros del clero y la vida consagrada.

No tenemos que olvidarnos que todos estamos llamados a ser "Luz para el mundo" (Mt 5,14) y a poner a fruto los dones que el Señor nos ha concedido. No vayamos a enterrar los talentos que el Señor nos ha dado, por miedo, cobardía o flojera. Si no los ponemos a fruto, arriesgamos con quedaremos sin nada (Lc 19,26). Para todos siguen teniendo vigencia aquellas palabras que mediante el profeta Oseas Dios dirigió a los sacerdotes de la Antigua Ley: "Puesto que tú has dejado que se perdiera el conocimiento, yo también haré que pierdas mi sacerdocio" (Os 4,6). Así que, si no ponemos a trabajar los dones que el Señor nos ha concedido, algún día Dios nos los puede retirar. En realidad somos "administradores" de los dones de Dios, no dueños (1Cor 4,1). Cada don tiene que volverse en servicio en favor de la comunidad cristiana (1Cor 12,7). No se trata de "adornos" o joyas para presumir.

 

 

Humildad y fidelidad

Es triste notar cómo ciertos defectos característicos de los que tienen autoridad dentro de la Iglesia, están pasando a los laicos que empiezan a tener algún cargo relevante en la comunidad cristiana: ministros, catequistas o dirigentes de movimientos apostólicos.

Cuando empezaron, eran humildes y sencillos; ahora se sienten muy importantes, superiores a los demás. Empiezan a tener actitudes autoritarias; toman decisiones apresuradas; no entienden razones; regañan con cierta facilidad... ¿Qué pasó? ¿Tan fácilmente se les subió? Cuidado: en cualquier momento puede volver el jefe y entonces los va a poner en su lugar.

"El Señor contestó: "Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene.

Pero puede ser que el administrador piense: "Mi patrón llegará tarde". Si entonces empieza a maltratar a los sirvientes, a comer, a beber y a emborracharse, llegará su patrón el día en que menos lo espera y a la hora menos pensaba, le quitará su cargo y lo mandará donde aquellos de los que no se puede fiar" (Lc 12,46-47).

No importa el cargo que tengamos. En el fondo, todos somos "servidores de Dios", sirviendo a la comunidad. Desde el papa hasta el más humilde catequista, todos tenemos una misión que cumplir y todos seremos juzgados según el esfuerzo que hayamos hecho por cumplida.

Que no nos vayamos a calentar la cabeza por ciertos cargos que ocupamos en la Iglesia. Acordémonos de aquellas palabras de Jesús: "Al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho" (Lc 12,48).

Así que, pongámonos a trabajar todos, con sentido de fidelidad y humildad, agradeciendo al Señor el hecho de haberse fijado en nosotros para realizar su obra y reconociendo que en el fondo quedamos siempre unos pobres servidores: "Somos servidores que no hacíamos falta; hemos hecho lo que era nuestro deber" (Lc 17,10).

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