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LA EUCARISTÍA PDF Imprimir E-Mail
Escrito por P. LUIS BUTERA   
lunes, 20 de agosto de 2007

«La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor» (Cat. I.C. 1322).

Nombres:

 

Además de «Eucaristía», a este sacramento se le llama «Comunión» o «Misa».

¿Qué significado tienen estos nombres? La palabra «Eucaristía» es de origen griego -«Eukharistia»- y quiere decir «Acción de Gracias».

 

Al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo se le dio este nombre porque Jesucristo lo instituyó usando el rito judío de «Acción de Gracias», que se pronunciaba especialmente después de tomar los alimentos. Con ella se agradecía al Creador su bondad por la vida recibida y por la «tierra prometida» que ha producido los alimentos y que es símbolo de la salvación conseguida.

Nuestro Señor partió de este rito de «Acción de Gracias», para realizar lo que en ello estaba simplemente anunciado. Además hay que notar que el rito que usa Cristo no es el de una comida cualquiera, sino del banquete más solemne de la familia judía: la Pascua. En ella era inmolado el cordero, para recordar la salida y liberación de Egipto.

 

En aquel entonces la sangre del cordero, que indicaba las puertas de las familias judías, evitó que el ángel exterminador entrara.

 

Jesucristo tomó el rito de la «Acción de Gracias» de la Pascua y lo llenó de una nueva e infinitamente superior realidad:

 

a) Él es el «Cordero de Dios» (Jn 1, 29);

 

b) Se da como comida, transformando el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre;

 

c) Quien come su Cuerpo y bebe su Sangre entra a la «Tierra Prometida», el Reino de Dios (Jn 6, 54);

 

d) Con esta su Sangre, que sería derramada en la cruz, sellará la Nueva Alianza (Mt 26, 28).

 

San Pablo, relatándonos la institución de este Sacramento hace particular hincapié en el uso del rito judío cuando dice «después de dar gracia»:

 

«El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan y después de dar gracias, lo partió, diciendo: "Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes"» (1Co 11, 24).

 

Cuando la Eucaristía se celebraba en latín, se despedía a la gente diciendo: «Ite Missa est».

 

«La liturgia, en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles ("missio") a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana» (Cat. IC 1332).

 

Hoy día se usa el nombre «Misa» para designar la celebración eucarística.

El otro nombre, que se le da es: «Comunión»; se usa para indicar la unión con Cristo.

 

La palabra «Comunión» expresa mejor esta unión (común-unión) que se realiza entre nosotros y Cristo y también entre los que reciben la Hostia consagrada.

 

Misterio de Fe

 

En el capítulo sexto de Juan se narra cómo Jesús se encontró ante un grupo de personas bien dispuestas. Un día antes habían asistido al milagro de la multiplicación de los panes y venían a «tomarlo a fuerzas para proclamarlo rey» (Jn 6, 15). A éstos y a sus apóstoles les hizo solemnemente una revelación que rebasa toda capacidad intelectiva:

 

«Yo soy el pan de vida. Sus padres comieron el maná en el desierto, pero murieron; aquí está el pan que baja del cielo para comerlo y no morir. Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva» (Jn 6, 48-51).

Ante este misterio de amor anunciado por Cristo, los hombres podemos dividirnos en dos grupos: el grupo racionalista que concluye: «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?» (Jn 6, 60); y el grupo de los «atraídos por el Padre», que concluye como Pedro y sus compañeros: aunque no lo podamos entender, sabemos sin embargo, que «en tus palabras hay vida eterna» y por eso creemos.

 

La Institución

 

Los que escucharon el discurso eucarístico que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6, 48-60), no pudieron comprender cómo era posible comer su carne y beber su sangre. Y los apóstoles, para entender la manera de cómo realizar esta comida celestial, tuvieron que esperar hasta la última cena, más aún, la venida del Espíritu Santo.

 

Cuatro veces encontramos narrada la institución de la Eucaristía: tres veces en los evangelios (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-23; Lc 22, 19-20), y una vez en la primera carta a los Corintios (1Co 11, 23-25). Las cuatro narraciones coinciden en lo esencial. Leamos el relato de Lucas: «Tomando un pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan lo mismo en memoria mía. Después de cenar hizo igual con la copa diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc 22, 19-20).

 

En esta breve narración encontramos varios conceptos de suma importancia:

1. Cristo, ofreciendo el pan y el vino a sus apóstoles, les dice que coman su cuerpo y beban su sangre: esto quiere decir que él acaba de hacer un gran milagro de transformación. Para quien cree que él es Dios, que lo puede hacer todo, no hay problema para aceptar que ese pan ya no es pan, sino el Cuerpo de Cristo, y que ese vino ya no es vino, sino la Sangre de Cristo.

 

Para que no quede duda sobre esta interpretación de las palabras de Cristo a este propósito, conviene que veamos cómo los apóstoles y las primeras comunidades aceptaron este ofrecimiento del Señor. Los hechos nos dicen que se reunían en las casas para la «fracción del pan» (así llamaban la Cena del Señor). Pablo nos explica ampliamente en qué consistía esta «fracción del pan» a propósito de ciertos abusos:

 

«Cada vez que comen de ese pan y beben de esa copa, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva. Por consiguiente, el que come del pan o bebe de la copa del Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese cada uno así mismo antes de comer el pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia» (1Co 11, 26-29).

 

2. Al decir Jesús: «Hagan lo mismo en memoria mía» (Lc 22, 19), da una orden y confiere poderes para hacerlo. Aquí necesitamos aún más fe para poder aceptar que esto lo pueden hacer los hombres. Así es. Pero hay que tener presente que, en todos los sacramentos, el que actúa, el que transforma, es siempre Cristo, no los hombres, aunque él se sirve de ellos para realizar estas maravillas divinas.

 

3. Este Cuerpo partido y esta Sangre derramada sellan la Nueva Alianza entre Dios y los hombres. La Antigua Alianza había sido firmada por el pueblo mediante la aspersión de la sangre de los animales que Moisés había hecho sacrificar, después de haber promulgado los diez mandamientos. Ahora, mediante la Sangre de Cristo, se firma el Nuevo Pacto entre Dios y los hombres. Y lo maravilloso de todo esto es que esta misma firma, no otra, se actualiza para cada uno de nosotros mediante la celebración de la Cena del Señor, que nosotros llamamos impropiamente «Misa». Participar en esta santa Misa, no es como ir a ver un espectáculo, sino unirse al culto más grande que el hombre puede realizar, porque no es el ofrecimiento de oraciones u obras buenas lo que él hace, sino el mismo ofrecimiento de Cristo, al cual el hombre se une mediante la aceptación de la Palabra de Dios, la oblación de sí mismo, y la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor.

La Nueva Alianza:

 

El pueblo de Israel termina de ser un pequeño grupo humano, despreciado y hasta esclavizado, y empieza a ser el «Pueblo de Dios» mediante la Alianza del Monte Sinaí:

 

«Si ustedes me escuchan atentamente y respetan mi alianza, los tendré por mi pueblo entre todos los pueblos. Pues el mundo es todo mío. Los tendré a ustedes como mi pueblo de sacerdotes, y una nación que me es consagrada.

 

Entonces Moisés bajó del cerro y llamó a los jefes del pueblo, y les explicó lo que Yavé le había ordenado. Todo el pueblo a una voz contestó: "Haremos todo lo que Yavé ha mandado"» (Ex 19, 5-8).

 

Una vez que el pueblo se compromete a observar la Ley de Dios, Moisés erige doce estelas para las doce tribus y un altar para el sacrificio. Ofrece sacrificios, derrama parte de la sangre sobre el altar y rocía con ella al pueblo para indicar la unión que se establece entre Dios e Israel:

 

«Esta es la sangre de la Alianza que Yavé ha hecho con ustedes, conforme a todos estos compromisos» (Ex 24, 8).

 

A consecuencia de la infidelidad de Israel (Jr 22, 9), el antiguo pacto queda roto (Jr 31, 32).

 

Los profetas, viendo las terribles consecuencias de esta ruptura, anuncian una Nueva Alianza.

 

Oseas la presenta como un nuevo matrimonio (Os 2, 20-24); Ezequiel la anuncia dando optimismo porque el mismo Dios cambiará los corazones e infundirá su Santo Espíritu (Ez 36, 25-30).

 

Cristo, instituyendo la Eucaristía, con la cual nos ofrece en forma de sacramento el misterio de su muerte y resurrección, repite las mismas palabras de la Antigua Alianza. En los cuatro relatos de la Ultima Cena encontramos esta referencia. La fórmula más breve nos ha sido conservada por San Marcos:

 

«Esta es mi sangre, sangre de la alianza, sangre que será derramada por mucha gente» (Mc 14, 24); Mateo añade: «Para la remisión de los pecados» (Mt 26, 28). Lucas y Pablo dicen: «Este cáliz es la nueva alianza de mi sangre» (Lc 22, 20; 1Co 11, 25).

 

De todo lo que venimos diciendo, es claro que el nuevo pueblo de Dios es fruto de la sangre de Cristo y se alimenta en el sacramento de la Eucaristía. Por eso, al anunciar esta institución, Cristo declaró sin ambages que:

 

«El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54).

 

Un Único Sacrificio:

 

La carta a los Hebreos nos enseña que:

«Cristo se sacrificó una sola vez para borrar los pecados de todos los hombres» (Hb 9, 28).

 

Las misas que se celebran continuamente en todo el mundo no son repeticiones del sacrificio de Cristo, sino celebraciones en las cuales se vuelve a hacer presente.

 

Este concepto es bien explicado en la Encíclica «Misteryum Fidei» de Paulo VI. En ella el Papa explica que el carácter sacrifical de la Misa consiste en que en ella «se hace presente» el sacrificio de Jesús en la Cruz y también en ella viene participada su virtud.

 

Con un ejemplo podemos entender la unicidad de este sacrificio de Cristo, que vuelve a presentarse para nosotros. El calvario, que fue anticipado en la institución de la Eucaristía, es como el estudio de un canal de televisión y el altar es como un televisor. Aunque la escena se presenta una sola vez en el estudio, no obstante es representada millones de veces en los aparatos receptores.

 

Cuando nosotros queremos ver un programa, prendemos el televisor y nos sentamos enfrente para ver, escuchar y participar con todo nuestro interés. No tendría sentido prender el televisor e irnos a hacer otras cosas. Así la Misa, no tendría sentido «mandarla celebrar» sin participar en ella; o ir a «ver» sin entender el significado y tomar parte.

 

La Misa, aunque vale para todos siendo el Acto de Cristo, deben principalmente aprovecharla los que están presentes en ella.

 

Hay una gran diferencia entre la televisión y la celebración de la Misa. Mientras la imagen que presenta el televisor no es real, sino una composición de luz y sombra o de colores, la presencia de Cristo en la Misa no es simbólica ni es mediante una imagen, sino real. El se hace presente con su Cuerpo y su Sangre mediante la transformación del pan y del vino en la consagración.

 

Partes de la Misa

 

Antes de ver cómo está estructurada la celebración eucarística de hoy, conviene que leamos una página de San Justino sobre cómo se celebraba la eucaristía en el segundo siglo del cristianismo. En este escrito encontramos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística, que perduran todavía, no obstante los cambios exigidos por los tiempos y ambientes para una mejor comprensión. El santo escribe esto el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

 

«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.

 

Se leen las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.

 

Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

 

Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros... y por todos los demás donde quiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.

 

Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva, al que preside a los hermanos, pan y una copa de agua y de vino mezclados.

El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.

 

Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.

 

Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua "eucaristizados" y los llevan a los ausentes» (Cat. IC 1345).

He aquí cómo se desarrolla hoy la celebración eucarística: La celebración eucarística es precedida por la «Liturgia de la Palabra». Es decir: se anuncia en forma oficial y solemne la Palabra de Dios.

 

Antes de empezar esta función se nos invita a disponer nuestro espíritu a la aceptación mediante un arrepentimiento sincero de nuestros pecados. La confesión de los pecados y la petición del perdón se hacen en una forma comunitaria para que sea más eficaz y para ayudar a los participantes a formar una «comunidad».

 

Después de esta preparación se leen tres partes breves de la Biblia y se explican. Al terminar de proclamar las dos primeras lecturas se dice: «Esta es palabra de Dios», mientras que al concluir la tercera que es el Evangelio, se dirá: «Palabra del Señor». Tres veces se nos recuerda que es Dios el que nos habla. No se trata de asistir a una ceremonia, sino de recibir un mensaje de vida de parte de Dios.

Esta «Liturgia de la Palabra» tiene una grande importancia. Las personas que acostumbran llegar tarde a la Misa se pierden un tesoro, del cual necesitan para tener luz y fortaleza. Recordemos que la Palabra de Dios es «viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo» (Hb 4, 12).

 

Los cristianos que no escuchan los domingos la Palabra caen en la trampa del Demonio que no quiere que seamos iluminados y fortificados por el mensaje de Dios.

 

Después de esta celebración, empieza propiamente la Misa. El Ofertorio es el primer acto del Sacrificio. Antes se pensaba que en este rito la comunidad cristiana hacía su propio ofrecimiento a Cristo para que El nos ofreciera al Padre. Pero esto no es exacto. «Lo que es perfectamente exacto, -nos dice el Diccionario de Teología de L. Bouyer-, es que todo sacrificio es un banquete sagrado en el que el hombre, al preparar los alimentos que él mismo se proporciona, toma conciencia del hecho de que su vida procede enteramente de Dios y en correspondencia acepta pertenecerle de un modo libre y voluntario. La presentación en el altar cristiano de los alimentos elementales de nuestra vida implica el mismo reconocimiento. Pero la donación efectiva de todo nuestro ser a Dios no se cumple más que por Cristo y su Cruz, y en virtud de la presencia sacramental de sí mismo y de su "solo y único sacrificio"».

 

Más que «ofertorio» este acto debería llamarse «presentación de las ofrendas».

Después sigue la Plegaria Eucarística, cuyo punto central es la consagración. El sacerdote pronuncia sobre las hostias y el vino las mismas palabras de Cristo. Mediante esta consagración Cristo está presente con su Cuerpo y su Sangre. La separación de estos dos elementos nos habla fuertemente del sacrificio de Cristo en la cruz. Naturalmente esta presencia del Señor no es fruto de algunas palabras mágicas ni del poder del sacerdote, sino de la voluntad del mismo Jesucristo. Como dijimos al principio, se trata de un misterio, que aceptamos por la fe que tenemos en la Palabra de Dios y en su poder.

 

La tercera parte de la Misa consiste en la comunión. La oración del Padre nuestro introduce el momento de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

 

Nuestra participación al sacrificio ya es completa. Como antiguamente la participación al sacrificio de los animales consistía en comer las carnes inmoladas a las divinidades, así ahora el mismo Jesús nos invita a comer su cuerpo ofrecido al Padre para la remisión de los pecados.

 

Hay que notar que en el pensamiento bíblico cuerpo y sangre significan, tanto el uno como el otro, en cierto sentido, al hombre entero, es por eso que quien recibe la Hostia consagrada recibe el cuerpo y la sangre del Señor.

 

Sacramento de Unidad

 

Recibir al Señor en la Eucaristía es unirse a El, y por su medio unirse a quienes lo reciben. San Pablo nos revela esta maravilla cuando dice:

«Uno es el Pan y por eso formamos todos un solo cuerpo, porque participamos todos del mismo pan» (1Co 10, 17).

 

La Didaké, que es como el primer catecismo que los cristianos usaban en el siglo segundo, dice: «Como este pan estaba esparcido sobre los montes y congregado se hizo uno, así sea también congregada tu Iglesia desde los confines de la Tierra en tu Reino».

 

El pan de la Eucaristía une a todos los hombres entre sí en una sola familia que es la Iglesia.

 

Es muy importante este aspecto comunitario de la Eucaristía para la práctica de nuestro cristianismo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más debemos unirnos a los hermanos.

 

La liturgia eucarística tiene una oración de la cual muchos no han descubierto el significado y la importancia. Antes de pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración, invoca al Espíritu Santo para que santifique el pan y el vino y así sean transformados en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo:

 

«Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor.»

 

Después de esta consagración, el sacerdote vuelve a invocar al Espíritu Santo, diríamos para una nueva consagración, la de la comunidad:

 

«Te pedimos, humildemente, que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo.»

 

Este es el deseo de la Iglesia, hecho oración eucarística. No puede recibir el cuerpo de Cristo quien no sabe que, comulgando con El, debe comulgar con los hermanos. Cuanto más recibimos este sacramento eucarístico, tanto más deben aumentar nuestros lazos de unión con los otros cristianos.

 

El egoísmo y la envidia, que tantas raíces tienen en nuestro corazón, deben encontrar en este sacramento la mejor medicina para acabar con ellos.

 

Participación Activa:

 

La Eucaristía forma parte, con el Bautismo y la Confirmación del grupo de los sacramentos que son de «Iniciación Cristiana». Solamente por la participación en la Eucaristía se podrá pasar del estado de «iniciación» al estado de «madurez» cristiana.

 

El Concilio nos enseña que:

«de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo» (SC 10).

 

Para aprovechar el caudal de gracias que se nos comunica por medio de la Eucaristía, hay que entender que no se trata solamente de recibir la comunión ni de asistir pasivamente a la Misa, sino de tomar parte activamente. Se empieza con el arrepentimiento comunitario, sigue con la escucha atenta y devota de la Palabra de Dios y luego con unirnos a Cristo que se ofrece al Padre, entregándole nuestra vida con todo lo que ella carga de bueno y malo y termina con la recepción del Cuerpo del Señor, recibiendo el pan eucarístico.

 

Una vez más el Concilio nos enseña a este propósito:

«La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada (SC 48).

 

Ayuda mucho en la participación de la Santa Misa el uso abundante de cantos, seleccionados por su contenido y por la hermosura de su música.

El «cantor» y el «coro» que no ayudan a cantar a la asamblea cristiana deben ser retirados.

 

Primera Comunión

 

Hemos dicho que la Eucaristía pertenece al grupo de sacramentos de «iniciación cristiana». Por eso es muy importante que todos los niños la reciban después de una exhaustiva preparación, una vez que alcancen la edad de la razón.

 

Hay que quitar la idea de que la «Primera Comunión» es una «boleta», que hay que conseguir y guardar para cuando la pidan, o una ocasión para hacer la fiesta al niño o a la niña. Sería conveniente que se prohibieran los vestidos y trajecitos de «Primera Comunión y los padrinos, para que este evento cristiano no fuera causa de no pequeños gastos. También la vela, el rosario y el librito, son gastos inútiles que deberían ser evitados, para permitir que también los pobres tengan acceso a la «Primera Comunión».

 

Sería suficiente, por ejemplo, que los niños portaran una especie de banda blanca y las niñas una pequeña mantilla blanca para que no se viera completamente despojado el acto de algo especial y simbólico.

 

También hay que insistir mucho para que entre la idea de que la Primera Comunión es un inicio en la participación del sacramento de la Eucaristía y no una meta. Es muy triste oír a un niño que contesta a quien lo invita al catecismo: «¡Ya hice mi Primera Comunión!» Lo peor es que muchas veces esta misma contestación la dan los papás: « ¡Mi hijo ya hizo la Primera Comunión» Es como decir, ya se recibió y no necesita ir más a la escuela.

 

La «Primera Comunión» es solamente la «primera» y no la «última».

Otro problema que a menudo se nos presenta es que hay muchos adultos que no han hecho la «Primera Comunión». Para ellos hay que organizar de vez en cuando cursos especiales para prepararlos. Para eso es conveniente darles un curso de evangelización más amplio y que no exija mucha memoria.

 

Varios requisitos

 

- Para comulgar no es necesario confesarse antes si uno no tiene pecados graves. En caso contrario, se necesita la confesión o la absolución general, que se da en algunas circunstancias especiales. A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (Cat. IC 1385).

 

- Para comulgar es suficiente guardar una hora de ayuno. El agua se puede tomar en cualquier momento. Los enfermos pueden tomar bebidas no alcohólicas o medicinas propiamente dichas (sólidas o líquidas) antes de la comunión, sin limitación de tiempo.

 

- El pan (las hostias) que se usa para la consagración debe ser ázimo (no fermentado), porque el Señor celebró la cena en los días de los panes ázimos (Mt 26, 17).

 

- El vino que se usa para la celebración, debe ser de uva, no corrompido, sino puro y líquido.

 

- El rito pide la mezcla de una mínima cantidad de agua (unas gotas), pues es de suponer que en la última cena Cristo emplearía, según la costumbre del país, vino templado con agua. Con los dos elementos se simboliza la sangre y el agua que salieron del costado de Cristo, sus dos naturalezas y la unión de los fieles con él (oración de la bendición del agua).

 

- La comunión debe distribuirse en la Misa. Solamente en caso de necesidad está permitida la comunión fuera de la Misa.

 

- Antes de que se promulgara el nuevo Código de Derecho Canónico (26-XI-1983), se permitía comulgar una sola vez al día, exceptuando algunas circunstancias determinadas. Ahora se puede comulgar dos veces si uno participa nuevamente en la celebración eucarística. He aquí lo que dice el Canon 917: «Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla de nuevo el mismo día, solamente dentro de la celebración eucarística en la que participa.»

 

- ¿Cuándo es obligatorio recibir la comunión?

El Canon 920 dice: «Todo fiel, después de la Primera Comunión está obligado a comulgar por lo menos una vez al año. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año.»

 

Principales Conceptos

 

1. «Eucaristía» quiere decir «acción de gracias». Se llama así porque Cristo al instituirla usó el rito judío de «acción de Gracias».

 

Este sacramento se llama también «Misa», por la fórmula de despedida que usaba el sacerdote cuando celebraba la Eucaristía en latín: «Ite Misa est».

 

Se llama también «Comunión», para significar la unión que realiza este sacramento entre Cristo y nosotros cuando recibimos su Cuerpo y su Sangre.

 

2. Con la Eucaristía se realiza la Nueva Alianza, sellada con la Sangre de Cristo.

Al fracasar la Antigua Alianza, Cristo nos une al Padre, ofreciéndose a él como víctima por nuestros pecados. Participar en la celebración eucarística es entrar en esta «Alianza» y vivir conforme a su Ley de amor.

 

3. La Misa no es la repetición del sacrifico de Cristo, sino la representación viva, en la cual él está presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Nuestra presencia no puede ser la de espectadores indiferentes, sino de participadores activos y alegres. Quien no comulga en la Santa Misa, no toma parte completa en ella.

 

4. La celebración eucarística, para que pueda ser participada, es precedida por la celebración de la Palabra de Dios. Se proclaman tres lecturas y se explican para ayudar a sintonizar con Dios.

 

En el ofertorio se presentan los dones, como signo de gratitud por lo que el Señor nos da, y como símbolo de nuestro ofrecimiento a él.

 

La consagración es el centro de toda la celebración. En ella el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el cual en esos momentos se ofrece al Padre en unión con nosotros.

 

La Comunión es la última parte de la Misa. Al recibir el Cuerpo de Cristo, nos unimos a él, hecho sacrificio por nuestros pecados.

 

5. Quien se une a Cristo mediante la Comunión, se une a los hermanos que reciben la misma Hostia consagrada. Después de la consagración el sacerdote hace esta oración: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.»

 

6. Toda la celebración litúrgica de la Eucaristía exige nuestra participación activa.

El Concilio nos invita a no estar en la iglesia como «extraños y mudos espectadores», sino tomando parte en la celebración y terminando con la recepción del Cuerpo de Cristo.

 

7. La Primera Comunión debe recibirse como inicio de la participación progresiva en el sacramento de la Eucaristía, y no como el conseguimiento de una «boleta», o la ocasión de una fiesta familiar.

 

Es necesario cambiar costumbres que son causa de gastos inútiles y, facilitar el acceso también a los más pobres.

 

8. Si uno no tiene pecados graves, no necesita confesarse para comulgar.

Para recibir la comunión es suficiente una sola hora de ayuno.

 

La Comunión se administra solamente durante la Santa Misa. Se hace excepción para los enfermos.

 

Se puede comulgar todos los días una sola vez. Hay circunstancias en las cuales se puede comulgar hasta dos veces.

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