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EL BAUTISMO PDF Imprimir E-Mail
Escrito por P. LUIS BUTERA   
lunes, 20 de agosto de 2007

El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son llamados Sacramentos de Iniciación. Con estos sacramentos se ponen los fundamentos de toda la vida cristiana. «Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna» (Paulo VI).

Cuando el Papa Paulo VI estaba cumpliendo el primer año de su Pontificado, dijo a los que querían prepararle un homenaje: «yo prefiero celebrar el aniversario de mi bautismo, porque si soy grande no se debe al hecho de haber sido elegido Papa, sino por haber sido constituido hijo de Dios mediante el sacramento del Bautismo».

La importancia de este sacramento la podemos entender estudiando sobre todo algunos textos bíblicos.

Ante todo veamos qué quiere decir la palabra bautismo. Viene del griego «baptizein» que significa «sumergir, lavar».

Simbolismo del Agua:

El simbolismo de los efectos del agua como signo de purificación es muy común en la historia de las religiones. El judaísmo conocía ya, además de muchos ritos de ablución (Mc 7, 4) un bautismo de los prosélitos. Es probable que los esenios hayan impuesto ya este ritual a los mismos judíos como un medio para alcanzar el Reino de Dios.

Sabemos que Juan Bautista daba el bautismo a todos aquellos que aceptaban su predicación de cambio de vida.

El mismo Jesucristo empezó su ministerio público dando este mismo bautismo de penitencia (Jn 3, 22. 26; 4, 1-2).

Pero el bautismo que Jesucristo enseñará a los apóstoles será fundamentalmente diferente del conocido por los judíos. No será simplemente un símbolo de purificación, sino una verdadera purificación y un llenarse del Espíritu Santo.

El mismo Juan Bautista lo había anunciado:

«Yo bautizo con agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que yo no soy digno de soltarle los cordones de sus zapatos; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego» (Lc 3, 16).

Cristo no quitará el símbolo del agua, pero además participará el Espíritu Santo, que capacitará a entrar en el Reino de los Cielos: «El que no renace del Agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).

El agua bautismal encierra un gran simbolismo, que conviene tener presente para comprender mejor el sacramento del Bautismo.

San Pedro (1P 3, 20-22) compara el agua del Bautismo al diluvio que destruyó la humanidad pecadora y dejó florecer la nueva humanidad.

El simbolismo es claro: el Bautismo acaba con el hombre del pecado, con todo lo que pertenecía al reino del mal y da principio a una nueva vida, llena del Espíritu de Cristo.

Por otra parte san Pablo nos recuerda otro acontecimiento importante en la historia de la salvación: el paso por el Mar Rojo (1Co 10, 1-2). Los egipcios murieron ahogados; los israelitas se salvaron de la esclavitud y pasaron a la libertad. El paso por el Mar Rojo de los israelitas era una figura de nuestro Bautismo que nos libera de la esclavitud del demonio. Terminamos de pertenecer al reino de Satanás y empezamos a ser parte del Reino de Dios.

El agua encierra también otro simbolismo: sirve para dar la vida. Sin agua no hay vida. El agua bautismal nos da la vida verdadera que nos lleva a gozar con Cristo eternamente en el cielo.

La Biblia abunda en textos referentes al Bautismo; conviene tenerlos presentes para comprender mejor el significado que encierra el sacramento.

Necesidad del Bautismo

San Juan en el capítulo 3 de su Evangelio nos relata la entrevista de Nicodemo con Jesús, al cual le dijo expresamente: «El que no renace del Agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).

Cristo presenta el Bautismo como una necesidad para salvarse y no como una cosa opcional.

En el siguiente texto vemos también cómo Cristo ordena a los apóstoles que vayan, prediquen y bauticen; el que creyere y recibiere el Bautismo se salvará:

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que se resista a creer se condenará» (Mc 16, 15-16).

Aquí vemos que el Señor pone como condición la fe para recibir el bautismo. Esta fe la presenta como fruto de la predicación. No se puede bautizar a una persona que no conozca la palabra de Dios y que, por ende, no tenga fe.

Sobre el bautismo de los niños hablaremos más adelante.

EFECTOS DEL BAUTISMO

«El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales, el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo» (Cat. IC 1279).

1. Nos hace hijos de Dios.

No faltan personas que se glorían de ser hijos de un tal padre por la importancia que éste tiene en la sociedad.

El que ha recibido el bautismo, por haber sido unido íntimamente a Cristo, es constituido hijo de Dios. Este es el título más honorífico del cual un hombre puede gloriarse. No hay ningún otro título en el mundo que pueda competir con éste. Al contrario, cualquier otro tipo de prestigio pierde importancia ante éste de ser hijo de Dios.

San Pablo escribe a los Gálatas:

«Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Todos ustedes fueron bautizados en Cristo y se revistieron de Cristo» (Ga 3, 26-27).

San Juan en su primera carta aclara lo que quiere decir «hijo de Dios». No se trata de un símbolo o de un título de honor, sino de una realidad. Esta afirmación sorprende por su intrepidez y llena de indecible felicidad a cuantos la comprenden. «Vean qué amor singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos de Dios sino que lo somos» (1Jn 3, 1).

2. Nos une a Cristo

El Bautismo nos une profundamente a Cristo y nos permite vivir con él y experimentar los beneficios de su muerte y resurrección:

«Al ser bautizados fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte, a fin de que, al igual que Cristo, quien fue resucitado de entre los muertos, por la gloria del Padre, también nosotros caminemos en una vida nueva. Hemos sido injertados en él y participamos de su muerte en forma simbólica. Pero también participaremos de su resurrección.

Comprendan bien esto: con Cristo fue crucificado algo de nosotros, el hombre viejo, a fin de que fuera destruido lo que de nuestro cuerpo estaba esclavizado al pecado, y de esta manera nunca más seamos esclavos del pecado. Pues el que ha muerto ha quedado definitivamente libre del pecado. Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos también que viviremos con él»

(Rm 6, 4-8).

Es importante entender la manera de como el Bautismo nos une a Cristo. No se trata de una unión superficial, que nos deje el uno separado del otro, sino de una unión vital. La comparación que nos presenta San Pablo es la de un injerto (Rm 6, 5) que crece y vive mientras está unido al tronco (Cristo) recibiendo su savia. El cristiano que no lleve a Cristo en toda su vida, es una rama seca, es un cristiano muerto (Jn 15, 5). El Bautismo nos hace cristianos porque nos hace de Cristo. Ya no podemos vivir por nuestra propia cuenta. Cada bautizado debe llegar a decir como San Pablo: «Ya no soy yo que vivo, sino que es Cristo que vive en mí» (Ga 2, 20).

El Bautismo nos introduce a un cambio total de vida: uno muere a su vida de maldad, como Cristo murió a causa de los pecados del mundo; y resucita a una vida nueva, a la de Cristo resucitado y glorioso.

Nuestra unión al Señor Jesús nos hace vivir su muerte y resurrección, que es el misterio pascual que debe vivir todo cristiano.

Quien no vive este misterio no recibe los beneficios que de él brotan y que llevan a la salvación.

3. Nos hace templos del Espíritu Santo

Hay muchos textos de la Biblia que nos expresan esta grande dignidad del hombre, de ser templos vivos de Dios.

Recordemos algunos:

«¿No saben ustedes que son santuarios de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y ustedes son ese santuario» (1Co 3, 16-17).

«¿O no saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en ustedes y han recibido de Dios, y que no se pertenecen?» (1Co 6, 19).

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

4. Nos hace hombres nuevos

Cuando hablamos de hombres nuevos, hablamos de seres humanos que sienten, piensan y actúan completamente distinto de antes. Aquí, además de todo eso, el cristiano es un hombre nuevo porque adquiere una nueva y trascendental dignidad: es un hijo de Dios por la unión a Cristo.

En la carta a los Efesios San Pablo nos manifiesta este cambio de actitudes:

«En otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero en el presente ustedes son luz en el Señor. Pórtense como hijos de la luz: los frutos que produce la luz son la bondad, la justicia y la verdad bajo todas sus formas» (Ef 5, 7-9).

El verdadero y único motivo de esta transformación del hombre es Cristo, en el cual fuimos injertados mediante el bautismo.

La fuerza que causa el cambio en el hombre viene de él, de su Espíritu, que por medio del bautismo empieza a morar en nosotros:

«Si alguien no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de Cristo» (Rm 8, 9).

No se trata de un esfuerzo para cambiar de vida, sino de recibir el Espíritu de Cristo, que es quien efectúa el cambio.

«Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu, para revestirse del hombre nuevo» (Ef 4, 23-24).

5. Nos constituye sacerdotes

Todos los que mediante el Bautismo fuimos «injertados» en Cristo, participamos de su sacerdocio regio y profético. Es San Pedro quien nos lo recuerda en su primera carta, que es toda una instrucción para los recién bautizados:

«Ustedes son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios eligió para que fuera suyo y proclamara sus maravillas» (1P 2, 9).

Todos los bautizados somos sacerdotes en el sentido verdadero y profundo de la palabra, porque participamos del sacerdocio de Cristo. El Bautismo nos capacita para ofrecer al Señor el sacrificio de todo lo que somos y tenemos.

Hay una forma particular de participar del único sacerdocio de Cristo: se trata del sacerdocio «ministerial», es decir, del sacerdocio al servicio de los hombres. Solamente los que han recibido este tipo de sacerdocio por la imposición de las manos del obispo pueden celebrar la santa Misa y confesar. Conviene tener presente cuanto enseña el Concilio sobre este tema:

«Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (Hb 5, 1-5), de su nuevo pueblo hizo... un reino y sacerdotes para Dios, su Padre (Ap 1, 6; 5, 9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1P 2, 4-10; LG 10).

Los documentos de Puebla nos subrayan la importancia del carisma profético que recibimos en el Bautismo:

«En la fuerza de la consagración mesiánica del Bautismo, el Pueblo de Dios es enviado a servir al crecimiento del Reino en los demás pueblos. Se le envía como pueblo profético que anuncia el Evangelio o discierne las voces del Señor en la historia. Anuncia dónde se manifiesta la presencia de su Espíritu. Denuncia dónde opera el misterio de iniquidad, mediante hechos y estructuras que impiden una participación más fraternal en la construcción de la sociedad y en el goce de los bienes que Dios creó para todos» (267).

6. Nos integra a la comunidad:

Por el Bautismo entramos a formar parte de la familia de los fieles, que es la Iglesia.

Al ser incorporados a Cristo, automáticamente estamos unidos a los otros bautizados. Todos formamos «el Cuerpo Místico de Cristo». Es decir, formamos un cuerpo especial donde circula la misma vida, el Espíritu de Cristo.

El Concilio, al recordarnos este hecho, nos exhorta a confesar delante de los hombres la fe recibida:

«Los fieles, incorporados a la Iglesia por el Bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar ante los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG 11).

NOCIONES PRÁCTICAS

a) El agua: La Sagrada Escritura nos indica el agua como elemento material que se emplea en el bautismo (Jn 3, 5; Hch 8, 36. 38). De ahí que la Iglesia determine que es necesaria para el Bautismo «agua verdadera y natural». No es indispensable, por lo tanto, el agua bendecida para bautizar válidamente a una persona que se encuentre en peligro de muerte.

b) Para el Bautismo solemne la Iglesia prescribe el «agua bautismal», que es bendecida por el párroco en la vigilia Pascual; puede también bendecirse en caso de necesidad en otro tiempo.

Lo esencial del bautismo consiste en derramar el agua sobre la cabeza de la persona, o sobre cualquier otra parte del cuerpo si la cabeza no está descubierta, procurando que toque el cuerpo, no solamente el pelo, y diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»

Esto es suficiente para bautizar válidamente a una persona que está en peligro de muerte.

c) Cualquier persona puede bautizar en un momento de necesidad. Puede ser el papá, la mamá, el hermano, la enfermera: cualquier persona puede y debe bautizar si el niño está en peligro de muerte. No es necesario llevar a la iglesia a la criatura que está muriéndose. Si después el niño que fue bautizado en caso de emergencia se recupera, deberá llevarse a la iglesia, diciendo al sacerdote que se le dio el bautismo de urgencia, para que él complete la ceremonia, ungiéndolo con el óleo sagrado y lo anote en el libro de bautismos.

d) Para que alguien sea admitido como padrino de bautismo, es necesario que haya cumplido 16 años, sea católico, esté confirmado, haya recibido la Primera Comunión y lleve una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir. No puede por lo tanto ser padrino o madrina quien vive en estado de amasiato.

Un cristiano oriental, no católico, de la Iglesia ortodoxa puede ser admitido como padrino juntamente con un cristiano católico, en cuanto se provea suficientemente a la educación católica del bautizado, de la que responde el padrino católico. En este caso habría dos padrinos, uno católico y otro ortodoxo. La Iglesia permite estos casos. Un pariente o amigo del bautizado, que pertenezca a una comunión cristiana más alejada de la Iglesia católica, como son los evangélicos, los testigos de Jehová, los mormones, etc., no puede ser padrino, pero sí puede ser testigo del bautismo, juntamente con un padrino católico.

e) Por deseo de la Iglesia, a todo bautizado debe imponérsele un nombre cristiano (por lo menos como segundo nombre).

Bautismo de Adultos:

Es necesario que el adulto que quiera ser bautizado en la Iglesia católica sea lo suficientemente instruido en ésta. También debe estar arrepentido sinceramente de sus posibles pecados graves cometidos en su vida pasada. Esto se fundamenta sobre la exhortación de San Pedro en el día de Pentecostés: «Conviértanse y que cada uno de ustedes se bautice en el Nombre de Jesucristo para remisión de sus pecados» (Hch 2, 38).

Para la administración solemne del Bautismo de los adultos es competente el obispo. En caso de necesidad, todo sacerdote o diácono puede suponer el permiso del obispo o del párroco para bautizar. En caso de peligro de muerte del bautizando, a falta de un sacerdote o de un diácono, cualquier persona está autorizada y obligada a administrar el bautismo de emergencia como en el caso de los niños.

Cuestiones Sobre el Bautismo:

No falta quienes reprochan a los sacerdotes católicos el uso de bautizar a los niños cuando, según ellos, deberían bautizar a los que tienen treinta años a imitación de Cristo. Es siempre peligroso tomar un texto de la Biblia e interpretarlo prescindiendo del contexto y de otros pasos que se refieren al mismo tema.

a) Lo primero que hay que observar es que no vale la comparación, porque el bautismo que daba Juan, como él mismo hace notar, no es igual al que Cristo da a los hombres:

«Mi bautismo es bautismo de agua y significa un cambio de vida. Pero otro viene después de mí, y más poderoso que yo (y yo ni siquiera soy digno de llevarle los zapatos); él los bautizará en el fuego o bien en el soplo del Espíritu Santo» (Mt 3, 11).

b) Cuando el día de Pentecostés los apóstoles bautizaron a tres mil personas, no resulta que les hayan exigido la edad de treinta años, sino el arrepentimiento y fe en Cristo.

c) La orden que dio Jesús a sus apóstoles de bautizar a los que creyeran es siempre válida: no se puede bautizar a un adulto sin que acepte a Cristo en su vida.

d) A los niños se les da el bautismo por los siguientes motivos:

1. Por no dejarlos privados de todos los efectos que el sacramento produce.

2. Basándonos en la doctrina de que la gracia se adelanta en todo a los méritos personales. Dios nos salva por su infinita misericordia, y no en pago de nuestros méritos (Rm 5, 6-10).

3. El don de Dios (el Bautismo) exige una respuesta. Siendo el niño incapaz de darla, deben entrar lógicamente en función sus papás, que se comprometen solemnemente a educarlo como cristiano. Por lo tanto el bautismo de los niños exige por su naturaleza el compromiso de sus papás o de quienes los sustituyen.

e) ¿A dónde van los niños que mueren sin Bautismo?

Antiguamente se contestaba a esta pregunta con una palabra que fue inventada en el siglo XIII: el limbo. Esta viene del latín «limbus» y designa el borde de un vestíbulo.

¿Qué enseña hoy la Iglesia acerca de los niños que mueren sin el Bautismo? Ya no se menciona la palabra limbo. He aquí lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis» (Mc 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del Bautismo» (Cat. IC 1261).

Hay otros motivos que justifican el Bautismo de los niños. Aunque en el N.T. no se menciona expresamente el bautismo de los niños, este se presupone, pues es de creer que en aquellas familias enteras que bautizó Pablo había niños (Hch 16, 15. 33; 1Co 1, 16).

Además tenemos el testimonio de quien vivió en los tiempos cercanos a los apóstoles.

Escribía Ireneo (140-204): «Jesucristo vino a salvar a todos los que por su medio nacen de nuevo para Dios: infantes, niños, adolescentes, jóvenes y viejos» (Adv. Haer., Libro 11, Cap. 22). Orígenes (180-255) declara que el Bautismo de los niños es de institución apostólica (Epist. ad Rom. Libro V, 9). Cipriano y los obispos del tercer concilio de Cartago (253) ordenaron que a los recién nacidos se les bautizase lo antes posible.

Algunos quieren que el Bautismo se administre en un río, a imitación de Jesús, para que sea válido. A estas personas les preguntamos: ¿Cuál río había en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando los apóstoles bautizaron a tres mil personas? (Hch 2, 41).

Además tenemos un documento de suma importancia, que fue escrito por los años 90-100, y que era el libro de la doctrina cristiana. Es el libro de la Didaké, que, enseñando cómo se administra el Bautismo, dice:

«...Bautiza en otra agua. Si no puedes hacerlo en agua fría, hazlo en caliente. Si tampoco puedes hacer esto, derrama entonces tres veces agua en la cabeza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Cap. 7, 1ss).

Principales Conceptos

1. Hay que notar que el uso del agua como signo de purificación interior es muy común en las religiones.

Cuando Jesucristo empezó su vida pública el bautismo de agua estaba en su auge por la obra de San Juan Bautista. Jesús mismo lo recibió y hasta lo administró al principio de su ministerio (Jn 3, 22. 26; 4, 1-2).

2. San Pedro compara el agua del Bautismo al diluvio (1P 2, 9), y San Pablo al paso del Mar Rojo (1Co 10, 1-2).

El simbolismo del agua ayuda a comprender los efectos del Bautismo.

3. Cristo nos presenta el Bautismo como una necesidad para salvarse y no como una cosa opcional (Jn 3, 27).

4. El Bautismo nos une a Cristo como un injerto lo está al árbol, haciéndonos participar de su muerte y resurrección.

5. El Bautismo constituye a los hombres en templos vivos de Dios.

6. El Bautismo nos hace hombres nuevos en nuestra manera de sentir y de actuar. Nuestra novedad esencialmente consiste en la presencia activa del Espíritu Santo en nosotros.

7. Si el Bautismo nos une a Cristo, lógicamente nos hace también partícipes de su sacerdocio (1P 2, 9).

8. Esta misma unión con Cristo nos une con todos los demás bautizados, por estar a su vez unidos a él. Esta unión entre nosotros los bautizados nos hace miembros del «Cuerpo Místico de Cristo» y miembros vivos de la Iglesia.

9. Se puede bautizar a los niños solamente si los papás se comprometen seriamente a educarlos como buenos cristianos.

10. Es infantil pensar que para bautizar es necesario ir a un río: los Hechos de los Apóstoles y la historia eclesiástica de los primeros tiempos desmienten esta teoría.

11. En caso de emergencia, todos pueden administrar el Bautismo vertiendo agua natural sobre la cabeza (u otra parte del cuerpo) diciendo: «N., yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

12. Para ser padrino uno debe haber cumplido 16 años, estar confirmado, haber hecho la Primera Comunión y que viva conforme a la doctrina cristiana. Los herejes y los que viven en estado de amasiato no pueden ser padrinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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